El #Paisaje como síntoma

El paisaje es un factor ambiental al que en ocasiones se le da poca importancia, cuando no se le desprecia. Para algunos se trata de una cuestión meramente estética  que puede incluso rozar la frivolidad y por tanto no debe  detraer recursos, siempre escasos  de otras áreas consideradas más importantes, sobre todo en tiempos de dificultades sociales y económicas.

Nada más lejos de la realidad, el paisaje al igual que cualquier otro recurso tiene un valor intrínseco que proporciona beneficios de toda índole, algunos de marcado carácter económico, tanto para  las personas consideradas  individualmente como para las empresas o la sociedad en su conjunto y ya  sólo por eso debería ser objeto de especial atención. En este sentido podríamos referirnos al valor sentimental de los paisajes en los que transcurrieron momentos importantes de nuestras vidas  o a  la paz que nos proporciona el paseo por un bosque o una playa, pero además no podemos olvidar que sectores económicos tan importantes como el turismo, el ocio o la caza están ligados directamente a esta variable ambiental.

Ahora bien, centrándonos en el objeto de esta reflexión, el paisaje es un indicador del estado de salud de un ecosistema. Del mismo modo que decimos que la cara es el espejo del alma y que como tal refleja la alegría, la tristeza, la bondad, la avaricia  o la angustia de las personas, el paisaje  deja traslucir la salud, el ánimo e incluso el futuro de un territorio. Por esto es importante estar atentos  a nuestro entorno y conservar, promover y recuperar aquellos parajes que a lo largo de los siglos han demostrado irradiar vida, armonía y belleza con relativo poco esfuerzo porque esos son los que expresan la buena salud del escenario que les ampara y da vida.

Sin embargo esto no debe implicar que la única solución sea dejar hacer a la naturaleza y regresar a los tiempos de la creación. Aunque haya regiones con esa vocación y debamos preservarlas, hay multitud de ecosistemas con gran influencia antropógena que han demostrado sobradamente su sostenibilidad y buena salud, es el caso de las dehesas, los prados, los olivares, las choperas y muchos otros. Lo que debemos hacer es observarlos con detenimiento, aprender de ellos y transpolar las lecciones al resto de nuestra geografía.

Cuando viajas por muchas regiones de España y atraviesas enormes campos de cereales, a poco que te fijes te das cuenta de que su vocación no es esta y que en cuanto la vida tiene una oportunidad la aprovecha y hace acto de presencia una encina o un pino que por desgracia es descuajado año tras año. Hace falta pan, seguro, pero no a costa de convertir las tierras en desiertos biológicos. ¿Por qué no se flanquean de arboles los caminos? ¿Por qué no se repueblan los baldíos y tierras con mayor desnivel? Por qué no se arbolan las riveras de ríos y caceras?  ¿Por qué nos se favorecen los “bocages” entre las diferentes propiedades? ¿Por qué se desecan las lagunas? ¿Por qué ……?

Son sólo ejemplos concretos, pero suficientemente gráficos como para hacernos ver que cuando creamos o mejor dicho permitimos que se cree paisaje, no sólo generamos belleza y armonía sino que evitamos la erosión, favorecemos la biodiversidad, fijamos población al medio rural y al final estimulamos la actividad económica al favorecer la actividad forestal, el turismo, la micología o la caza.

En definitiva un paisaje armónico, variado, con contrastes, en definitiva bello es indicador de una naturaleza en buenas condiciones en la que se favorece la biodiversidad, la protección del suelo, el buen uso del agua y demás recursos y por tanto  susceptible de generar riqueza a largo plazo.