La ordalía de la laguna oculta

Los hechos que a continuación se narran sucedieron hace mucho tiempo, en una época remota en la que los dioses dominaban el mundo y regían los destinos del hombre, su creador. Eran grandiosos, crueles, caprichosos, promiscuos… a imagen y semejanza de quien los había concebido. Con su misma grandeza, con sus mismas pasiones, con sus mismas debilidades, pero ungidos con unos atributos que el hombre no ha tenido ni tendrá jamás, aunque siempre ha anhelado poseerlos: la inmortalidad, la eterna juventud, el poder absoluto... Así eran los dioses en todas las culturas, en todos los lugares. Desde el antiguo Egipto a la lejana China, desde Roma y la Grecia clásicas hasta los pueblos hiperbóreos de Escandinavia. Más adelante vendrían tiempos difíciles para ellos, tiempos en los que la intransigencia de los sistemas de pensamiento dominantes de carácter monoteísta, los acorralara y los condenara al peor de los castigos: el olvido.

El día había sido caluroso. Un día más de aquel tórrido estío. El Astro Rey se ocultaba tras las colinas, trocando el azul en un colosal anaranjado-rojizo y creando caprichosas formas con las escasas nubes que en esos instantes salpicaban el ocaso. Alucio, el joven cabrero, se prendaba ante la belleza de aquel prodigio que marcaba el final de su jornada, repitiéndose con monótona insistencia al término de cada día. Era uno de los mejores momentos antes de retirarse con su rebaño a la cabaña que compartía con su hermano. Estaba situada cerca del río, a las afueras de la ciudad de Turiaso. Junto a la cabaña se encontraba una cija que, construida en su día, permitía proteger el ganado de los rigores del invierno.

Ambos hermanos pertenecían a la etnia de los Lusones, tribu celtíbera mayoritaria en Turiaso. Sus antepasados habían combatido con bravura a los ejércitos invasores del Imperio, en la conocida como “Guerra de los Lusones“. Una vez consolidada la paz con Roma la mayoría de aquellos esforzados guerreros cambió las armas por los aperos de labranza o por otras herramientas y así fue cómo Alucio y su hermano aprendieron de su padre, el oficio de cabrero.

Alucio tenía 21 años, cuatro menos que su hermano. Era de complexión atlética y piel bronceada por el sol. Sus ojos de color castaño oscuro enmarcados en un rostro de facciones agraciadas y sus largos cabellos negros, ligeramente ondulados que solía recoger con una cinta de cuero, ceñida alrededor de su frente, le conferían un aire atractivo y lo convertían en un deseado pretendiente entre las jovencitas del lugar. A pesar de sus modales rústicos, la cualidad que marcaba en el joven cabrero una notoria diferencia con el resto de sus convecinos era su acusada sensibilidad ante la belleza. Para él, belleza era sinónimo de perfección.

Aquella noche ni Alucio ni su hermano podían dormir. Era tal el calor acumulado durante el día que resultaba del todo imposible conciliar el sueño. Los dos hermanos salieron de su cabaña y se sentaron a la entrada, esperando recibir la suave caricia de la brisa nocturna y escuchar el murmullo arrullador del río que solapado por el estridente y monótono canto de los grillos rompía el silencio de la noche, al mismo tiempo que contemplaban aquel firmamento grandioso, límpido, cuajado de estrellas. La luna, próxima a su plenilunio, ofrecía la suficiente claridad, como para desplazarse cómodamente. En noches de verano como esa, Alucio había adquirido la costumbre de acercarse al río, despojarse de su sencillo atuendo y zambullirse en las cristalinas aguas de alguna poza, donde permanecía chapoteando por unos instantes, hasta regresar de nuevo a su cabaña fresco y relajado. Y como era de esperar esa noche, el joven se dirigió a su hermano diciendo:

- Voy un rato al río a refrescarme ¿Vienes conmigo hermano?

                    
- No. Estoy  cansado. Te espero aquí. Ten cuidado y no tardes.


- Descuida, será sólo un momento. Como siempre.

 

Alucio había localizado una poza, aguas arriba no lejos de la cabaña, que se encontraba en una zona arbolada y se dirigió hacia allí. A llegar, percibió un ligero chapoteo. Su fino oído le advirtió que algo se estaba moviendo en el agua. Se ocultó tras unos matorrales y se quedó muy quieto, con la respiración contenida y sin dejar de mirar la superficie de la poza. De súbito y ante la sorpresa del cabrero, de aquellas frías y cristalinas aguas emergió una hermosa joven de piel nívea, ojos de un azul intenso y labios finos de color carmín que configuraban un rostro de delicadas facciones y de una sin par belleza. Su esbelta silueta y el armonioso contoneo de sus caderas al caminar, le daban un aire de sensual ingenuidad que recordaba el cimbrear de las espigas mecidas por la brisa. Su atavío era una simple túnica blanca sin mangas. La sencilla prenda dejaba al descubierto unos muslos firmes que conformaban unas piernas estilizadas de proporciones áureas, así como unos brazos bien esculpidos, de los cuales el izquierdo mostraba un exótico brazalete de oro. Tras salir del agua, la hermosa joven fue a sentarse de espaldas al improvisado escondite de Alucio,  en una piedra situada junto a la orilla y comenzó a peinar sus largos cabellos rubios que cubrían parcialmente sus blancos y torneados hombros.

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