#MedioRural: Recuerdos imborrables de la infancia

Hace unos días rememoraba recuerdos entrañables de una ya lejana, pero feliz infancia. Estos recuerdos han tenido que realizar un largo viaje en el tiempo, desde el lugar más recóndito de mi memoria, hasta el presente, evocando situaciones acaecidas durante las vacaciones estivales de mi época de colegio, cuando contaba entre 10 y 13 años de edad.

El primer domingo después de que dieran las vacaciones, me llevaban mis padres a casa de mis abuelos maternos, situada en un pueblo a 28 Km de Zaragoza y a partir de entonces, hasta mediados de septiembre que venían a recogerme, con ayuda de mi exuberante imaginación comenzaban para mí unas vacaciones cargadas de magia  y encanto, de la magia y el encanto que el MEDIO RURAL era capaz de transmitir e inspirar a un niño urbanita como yo.

La casa de mis abuelos era una sencilla construcción de dos plantas A la planta baja, en la que se desarrollaban las actividades cotidianas, se accedía desde el exterior a un patio que actuaba, a la vez, como distribuidor de las dos piezas existentes y el cuarto de baño. A la izquierda, se localizaba una de ellas, habilitada inicialmente como taller de costura, en el que mis dos tías solteras, hijas de mis abuelos contribuían, como modistas, al sostenimiento de la familia. Cuando se jubilaron fue transformada en salita de estar. A la derecha estaba la cocina que disponía de una mesa camilla grande, en torno a la que se sentaba cada día la familia para comer. Una puerta situada en un rincón de la pieza conducía a una escalera que permitía acceder a la planta superior de la vivienda, donde se hallaban tres dormitorios separados por un ancho distribuidor. Abajo, en el patio, situado a la derecha de lo que fue taller de costura, se encontraba el cuarto de baño y junto a éste se situaba una puerta por la que se acedía al corral, después de atravesar un generoso espacio ganado a dicha dependencia. Este espacio estaba separado del corral por un paramento vertical de mampostería, completamente cubierto por enredaderas. Años atrás mi abuelo había plantado allí una parra que con el tempo fue creciendo, hasta formar un frondoso y bello emparrado, cuya espléndida sombra mitigaba los rigores estivales con el frescor que producía, convirtiendo el lugar en uno de los favoritos de la familia durante los meses de verano. Anexos al corral había dos trasteros, una porqueriza y una cuadra y encima de ésta, se encontraba un pajar, al que se accedía por una escalera situada frente al emparrado y construida sobre la pared medianil con la vivienda colindante.

A pesar de no ser muy confortable y de carecer de agua corriente, sentía un particular cariño por la casa en la que nada sobraba ni nada era demasiado grande ni demasiado pequeño. Todo era equilibrio y armonía en aquella casa, desde las relaciones entre sus habitantes, hasta el adorno más insignificante. Allí estaban, cada cosa en su sitio, porque cada cosa tenía  su  sitio y su razón de ser.

Sin embargo yo, echaba de menos un perro. No alcanzaba a comprender como en aquel entorno no tenían uno. Lo  entendí el segundo día de estar allí, sin que nadie me lo explicara. En la casa había dos gatas y un gato, que aparte  de servir como animales de compañía mantenían la vivienda exenta de incómodos y molestos roedores. Mimi era el nombre de la gata que tenía mi abuela bajo su protección. Un ejemplar de felino blanco y precioso que nunca supe muy bien cómo llegó hasta allí. Vivió 14 años. Capulina era el nombre de la gata cuya protectora había sido la menor de mis tías. Un ejemplar tricolor de gata de tejado, rescatada por mi propia tía cuando todavía era un simpático cachorrillo. Vivió 13 años. Y por último, Canuto. Un gato perdulario y legañoso, aficionado a los lances amorosos de los que no solía salir bien parado. Le   había salvado la mayor de mis tías, de un futuro incierto y poco alentador, dada su  vehemente fogosidad, unida a su carácter díscolo y  pendenciero. A pesar de todo vivió 10 años, gracias a los cuidados prestados por mi tía. En definitiva, para mí eran tres estólidos felinos antipáticos, esquivos y huidizos, que, de manera sistemática, rechazaban cuantas caricias y arrumacos tuviera intención de dispensarles.

La ausencia de perro en la casa no fue óbice para que entre Luca, la perra  del Antonio y yo se entablara una profunda y sincera amistad. Luca, a la que ya me referí en alguna de mis anteriores narraciones era el resultado del cruce espontaneo entre pointer y chucho callejero. Era un animal muy noble, tenía dos años y muy buenas dotes para la caza, por lo que el día que se la regalaron al Antonio la recogió  en su casa con gran alegría. El Antonio era bastante mayor que yo. Según decían, rondaba los treinta. Vivía con los padres y con su hermano mayor en la casa colindante, con la de mis abuelos. Yo le caía muy bien y él a mí. Algunas veces, me llevaba con el macho y el remolque a su campo que era más grande que el de mi abuelo, a comer fruta recién cogida del árbol y a jugar con Luca. Hasta  donde mi  memoria  alcanza, no recuerdo haber comido melocotones más ricos y sabrosos que aquéllos.

Luca me permitió descubrir el fascinante mundo olfativo de los cánidos. Fue el primer día de mi segunda estancia veraniega en el pueblo. Acababa de llegar con mis padres. Y allí estaban todos, esperándome en la calle. Mis abuelos, mis tías, los padres y el hermano del Antonio, el Antonio y Luca, la perra… Tras los saludos de rigor y las consabidas muestras de afecto, vi a Luca y me acerqué a ella con la intención de acariciarla. Un detalle crucial para comprender lo que poco después aconteció es que la perra estuviera situada con respecto a mí, de espaldas al viento, lo que hacía del todo imposible que pudiera identificarme con su prodigioso olfato canino. Entonces, el animal reaccionó de un modo extraño e inesperado, como si no me conociera. Arrugó el hocico, me mostró su poderosa dentadura y comenzó a emitir gruñidosi iIntimidatorios y desafiantes. No salía de mi asombro ni acertaba a comprender, cómo una perra, a la que yo adoraba y con la que pasé todo el verano anterior, me podía haber dado tamaño susto. A continuación, se acercó a mí y de manera resuelta y decidida comenzó a olisquearme por todas partes. De súbito, inclinó humildemente la cabeza y agachó las orejas. Movió el rabo de manera nerviosa y repetida. Estos gestos. Inequívocamente amistosos, marcaban el punto final de su comportamiento amenazador y lo que hasta entonces había sido una  demostración de fuerza y agresividad se  trocó en diversas manifestaciones de amistad y sumisión, como sólo un animal especialmente un perro es capaz de expresar. 

Por aquel entonces yo era un niño y no alcanzaba a comprender todavía el verdadero significado y alcance del concepto “medio rural”. El medio rural me brindaba la posibilidad de conocerlo, sumergirme en él e impregnarme de él, coexistiendo con animales que de otro modo hubiera sido muy difícil saber siquiera, cómo eran en realidad. Gallinas de diferentes tipos, pollos, pavos, patos y palomas, eran los representantes de aquella fauna volátil que junto con los conejos y hasta con un tocino, así es como se conoce al cerdo en Aragón, completaban la efímera población del corral. Un universo maravilloso, pleno de vida, y cargado de magia y fascinación fruto de la fusión entre la prosaica realidad y a mi desbordante fantasía.

Un hecho que, con frecuencia, realizaba el mágico viaje en el tiempo, desde un recóndito lugar de mi memoria, hasta el presente es el recuerdo que conservo del momento en que la menor de mis tías preparaba la pastura para el tocino. Era todo un espectáculo ver como la práctica totalidad de la volatería se congregaba allí, en torno a la artesa de madera donde tenía lugar la preparación de tan suculenta pitanza. Con gran algarabía de cacareos entremezclados con graznidos y otros gorjeos, aportados por gallinas, pollos, patos, pavos y palomas, cuyo resultado era una sinfonía disonante en un mundo donde cada cual aportaba sus recursos  y  donde un nutrido número de voraces y espontáneos comensales se presentaban súbita y ruidosamente, sin que se supiera de donde habían salido y sin que nadie les hubiese invitado a degustar comida tan disputada. No obstante, todo tornaba a su total normalidad en cuanto hacía su aparición el verdadero, el legítimo destinatario de aquel exquisito manjar, el rey del corral, profiriendo unos gruñidos terribles.

Otro de los recuerdos que quedaron grabados en mi memoria para siempre es la belleza de aquellas noches de estío, en que después de soportar un día tórrido, nos  reuníamos todos los vecinos en la calle a “tomar la fresca”. A tal fin  sacábamos las sillas a la puerta de casa y hablábamos de cualquier cosa. Eran conversaciones sencillas y abiertas, cargadas de sabiduría y de valores morales, en paz y buena armonía. Solían iniciarlas los más ancianos que eran mi abuelo y el padre del Antonio, mientras la generosa brisa nocturna nos acariciaba  el  rostro con su frescor,  haciéndonos olvidar los rigores estivales sufridos durante el día. Antes de retirarnos a dormir, mi abuelo y yo nos deteníamos a contemplar la bóveda celeste, aquel firmamento cuajado de miríadas de estrellas, que la contaminación lumínica nos ha privado de estos tiempos de poder contemplar tal belleza.

Estas cosas y otras ocurrían de forma cotidiana en el denostado medio rural, donde también se forjaron las señas de identidad de nuestros antepasados y la impronta de nuestro país. Aunque cueste reconocerlo, el medio rural ha sido el baluarte que ha conservado intactos valores humanos inembargables como el respeto, la hospitalidad y la solidaridad. Un modelo de sociedad, en que las puertas de las casas permanecían abiertas, día y noche.