Redefiniendo la #CiudadInteligente (Parte III)

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Elementos para una nueva definición

Posibilidad de que todas puedan ser inteligentes en su medida

Como se puso de manifiesto en el apartado sobre las falencias de las definiciones comunes, una de las principales es la homogeneización que pretenden tales definiciones. En base a esto, una nueva definición debe partir de considerar las diferencias en las necesidades, deseos y capacidades de las distintas ciudades y limitarse a otorgar lineamientos mínimos, adaptables a las distintas características de cada una. Toda ciudad debe poder ser inteligente a su medida, por lo que se deben evitar los conceptos y los indicadores universales que pocas pueden alcanzar dadas sus condiciones de base. No se debe confundir esta característica con negar las definiciones ideales, pues todas las definiciones conceptuales sin ideales en sí, que se adaptan o modifican cuando se encuentran con la realidad. Pero esto no es lo mismo que mantener ideales que muchas ciudades no puedan siquiera soñar en alcanzar. Una definición de Ciudad inteligente no debe limitar la inclusión de casos por su tamaño de población o sus capacidades económicas, sino que debe ser superadora de tales diferencias para considerar todas aquellas ciudades que tengan un compromiso con el desarrollo de la calidad de vida de sus ciudadanos, el manejo eficiente de los recursos, un desarrollo eco-sustentable en el tiempo, el respeto de las individualidades y la transparencia institucional.

La definición planteada debe en primer lugar evitar la disyuntiva categórica blanco/negro. Toda ciudad debe poder alcanzar cierto parámetro de “inteligencia”, de acuerdo con sus capacidades y necesidades, pues es evidente a primera vista que no podemos comparar las grandes ciudades europeas como Berlín, Londres, París o Barcelona con las poblaciones más pequeñas de municipios argentinos de Rivadavia, Junín o Tigre. Si definimos en base a indicadores “duros” y características dicotómicas jamás podremos poner en la misma bolsa a estas ciudades, por más esfuerzos que realizaran las segundas para imitar prácticas eficientes de las primeras, o aunque brindaran mejor calidad de vida en algunos aspectos. La definición que planteemos debe ser “de mínima” y no “de máxima”, permitiendo reconocer los esfuerzos de ciudades más pequeñas o con necesidades o recursos distintos en su objetivo de ser ciudades inteligentes, debe dar lineamientos y recomendaciones generales, pero no establecer límites dicotómicos. Las ciudades deben poder adaptar tal definición a su realidad cotidiana y utilizarla como base para llegar a ser ciudades inteligentes.

No limitar la definición al uso de las tecnologías

La importancia de los valores: Como se dijo anteriormente, una de las falacias comunes de las definiciones utilizadas es que muchas se limitan a calificar como Ciudad Inteligente a toda aquella que haga un uso masivo de las tecnologías de la información y la comunicación. El concepto o enfoque de Ciudad Inteligente cambia de acuerdo a las necesidades que se buscan solucionar, y las posibilidades o recursos con los que se cuentan, sin embargo, como dan cuenta Herrera y Hernandez (2012) en su investigación para Cintel, en la revisión de literatura y casos de estudio, se ha identificado como factor común la creación de sistemas eficientes, en dónde la tendencia a futuro es la alimentación constante con información real en dónde las Tics juegan un papel sumamente importante. Una ciudad de tal tipo tal vez pueda ser llamada Ciudad Digital, pero no necesariamente será una Ciudad Inteligente, un concepto que debe ir mucho más allá, siendo másabarcativo.

La tecnología, si bien es una dimensión relevante, no es un fin y tendrá una importancia diferente según los objetivos a lograr por cada ciudad, su punto de partida y el camino que cada una necesite recorrer, de acuerdo a sus problemáticas, su cultura y su forma de abordar los proyectos. La tecnología solo será útil en las ciudades inteligentes si se utiliza como un medio para el logro de los objetivos planteados, resaltando la mejora en la calidad de vida de los ciudadanos.

Pensar en una Ciudad Inteligente simplemente a partir del uso de las nuevas tecnologías conlleva el riesgo de querer imponer soluciones tecnológicas “llave en mano” a través de paquetes de programas concebidos muchas veces para otras realidades, sin evaluar convenientemente la integración y articulación de las mismas con las existentes y que podría conducir al rechazo de la población respecto de los aspectos operativos y/o respecto de algunos efectos colaterales. Las tecnologías que se busquen instalar deben tener objetivos definidos y desarrollarse a través de una planificación adecuada que conecte lo nuevo con lo ya presente. Como bien alerta Manuel Ausaverri, director del área de Smart Cities de Indra en una de susentrevistas (2012): “Tecnología simplemente por tecnología no nos llevará a ningún lado válido, porque estamos hablando de grandes inversiones, de temas en los que los ciudadanos tendrán la última decisión. Podemos inventar de todo, pero si las personas no le ven el valor y no lo usan, pues no servirá de nada” (http://www.madrimasd.org/informacionidi/noticias/noticia.asp?id=54843)

Modelo participativo

Como bien sostiene Loreto Rojas Symmes (2013) en su artículo, “en el concepto de Ciudad inteligente debe cobrar importancia el rol de una “ciudadanía activa”, ciudadanos que no solo identifiquen problemas, sino que también propuestas y que además visualizan información que las autoridades o tomadores de decisiones no están recogiendo para resolver problemas y definir políticas para sus territorios.” El ciudadano ya no es un ente pasivo que incorpora los adelantos tecnológicos a su vida cotidiana sin un análisis basado en la experiencia. Estamos frente a un consumidor activo e informado, integrándose a un proceso bidireccional de la información entre el cliente y el proveedor de los servicios, que hacen necesaria su presencia y participación del desarrollo de la ciudad. Si el objetivo de una Ciudad Inteligente es mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos, entonces estos deben formar parte del proceso de su construcción.

Esta concepción de modelo participativo debe partir desde la cúspide de gobierno, no pudiendo concretarse en la práctica si los políticos realmente no comparten una cultura de ciudadanía participativa, que no se limite al voto de sus autoridades. Una ciudad inteligente no puede ser tal si no considera entre sus estrategias y recursos a la participación ciudadana activa. Citando una vez más a Lireto Rojas, una Ciudad inteligente “más allá de la tecnología, es avanzar hacia una ciudad colaborativa y participativa”.

Enlazar comunitarismo e individualismo

Una ciudad se fundamenta en un complejo entramado de relaciones humanas, que deben coordinarse adecuadamente en tiempo y espacio para permitir la pacífica convivencia y el desarrollo como comunidad. Debe enlazarse lo común con el individualismo para lograr un desarrollo del conjunto permitiendo o sin limitar al  desarrollo individual.

Manejo eficiente de los recursos

Uno de los objetivos fundamentales de toda Ciudad Inteligente debe ser el manejo eficiente de los recursos de la ciudad, entendiendo como eficiente la búsqueda del logro de los objetivos de progreso que se proponga utilizando la menor cantidad de recursos (económicos, naturales, o humanos) posible. Una ciudad que busque su desarrollo mediante gastos excesivos, contaminación ecológica o uso ineficiente de sus recursos no puede ser llamada Ciudad Inteligente, por más tecnología que implemente para el logro de sus objetivos. Si la definición de Razón (o inteligencia) es la adaptación adecuada y medida de medios a fin, sin importar cuales sean estos últimos, entonces una ciudad y sus habitantes tienen que utilizar eficientemente sus recursos como medio para lograr los fines y objetivos que se planteen para ser una Ciudad Inteligente. Un uso excesivo, no planificado, o irracional de los recursos con los que cuente llevará al despilfarro de tales recursos y por ende a un gasto o costo que supere los beneficios. Una Ciudad, para poder ser llamada Ciudad Inteligente, debe tener constantemente en cuenta este cálculo en las políticas que lleve a cabo, midiendo tanto costos como beneficios a corto, mediano y largo plazo, y realizando una ponderación entre los mismos.

El manejo eficiente de los recursos también refiere, en su concepción amplia al manejo de los recursos naturales con los que cuenta una ciudad, que debe fundamentar su avance en un desarrollo sostenible ecológicamente a lo largo del tiempo para llegar a ser una Ciudad inteligente. Una ciudad con altos grados de contaminación de cualquier tipo, o que hace un uso excesivo y poco consciente de los recursos naturales que la rodean

Búsqueda del desarrollo humano

Sin lugar a dudas, el objetivo que debe primar en cualquier comunidad humana, sobre todo en las ciudades, y por ende, que se impone en toda definición de Ciudad Inteligente es la búsqueda del máximo desarrollo humano, entendido el mismo como el desarrollo de las condiciones de vida de los ciudadanos. Tal objetivo se debe mantener como fin último de todo político, empresa o incluso ciudadano que participe en la construcción de una ciudad inteligente. Muchos ciudadanos justamente escogen la ciudad en la que desean habitar (aunque muchos tengan capacidad de movilidad reducida debido a sus condiciones económicas) en base a la calidad de vida que esta les puede ofrecer, por lo que elevar esa calidad de vida se transforma en el objetivo imperante de cualquier ciudad que desee atraer nuevos habitantes. Estos no solo aportarán recursos a través de la carga impositiva, sino a través de nuevas ideas y puntos de vista para mejorar la ciudad, lo que lleva a un círculo virtuoso de crecimiento, que beneficia a todos. El desarrollo humano entonces es en sí mismo el promotor de su propio círculo virtuoso. Si los políticos y los ciudadanos imponen tal desarrollo como objetivo último de todas las políticas públicas y proyectos que lleven a cabo, esto atraerá a más habitantes que estén buscando un nuevo hogar y que podrán aportar al desarrollo conjunto de todos. Mejorar la calidad de vida de sus habitantes debe ser el fin último de toda política pública llevada a cabo en una ciudad, más aún si esta apunta a ser una Ciudad Inteligente.

Ser causa y no consecuencia del progreso

La definición de Ciudad Inteligente que se plantee debe permitir a ciudades menos desarrolladas ser parte de la definición si estas cuentan con proyectos activos que buscan el desarrollo humano, la mejora en la calidad de vida de sus habitantes y el manejo eficiente de los recursos mediante la innovación y el uso de las tecnologías actuales. Muchas de las definiciones comúnmente utilizadas, reflejadas en los rankings internacionales de ciudades inteligentes limitan el apelativo de Ciudad Inteligente a ciudades del primer mundo, que llegan a ser ciudades inteligentes partiendo desde el éxito y el progreso que han alcanzado como ciudades independientemente de la implementación de las nuevas tecnologías y la innovación constante, ya sea por sus altos recursos humanos (gran parte de ellos mano de obra calificada), naturales y económicos  como por su importancia internacional a nivel político y financiero. Una definición de Ciudad Inteligente más “inclusiva” que pueda tener en cuenta ciudades con iniciativas enfocadas en el desarrollo humano mediante el uso de las nuevas tecnologías debe poner foco en la Ciudad Inteligente como causa y no como consecuencia del progreso de una ciudad.

En otras palabras, las ciudades mundialmente conocidas como ciudades inteligentes son aquellas que ya eran capitales mundiales de la economía y la política, ciudades ya desarrolladas con altos recursos disponibles, y que se plantean como objetivo el convertirse en una Ciudad Inteligente ya siendo reconocidas por su alto desarrollo. Por el contrario, la definición de Ciudad Inteligente que propongo pretende incluir a ciudades más pequeñas y menos desarrolladas que busquen ser ciudades inteligentes como causa y medio para su desarrollo, y no solo a aquellas que llegan a ser Inteligentes porque ya son desarrolladas. Aplicar las directrices de una Ciudad Inteligente debe poder ser posible para ciudades que aún no han alcanzado un grado óptimo de desarrollo, y que buscan mediante tal aplicación mejorar las condiciones de vida de sus habitantes y su desarrollo mismo. Es importante adoptar una definición que permita que las ciudades se conviertan en inteligentes como medio para alcanzar su desarrollo, y no como mera consecuencia temporal del mismo.

La construcción de una Ciudad Inteligente debe implicar no solo el alcance de ciertos objetivos cuantificables, sino la búsqueda constante de nuevas soluciones para prevenir y solucionar los problemas de la ciudadanía, promover el uso eficiente de los recursos y mejorar las condiciones de vida generales de los habitantes. Esta búsqueda constante de nuevas soluciones y desarrollo se traduce en un compromiso diario de los políticos y los ciudadanos que habitan una ciudad. Ser una Ciudad Inteligente no debe ser cuestión de cumplir con los requisitos que exigen los principales rankings (que como ya se ha dicho, obvian las distinciones de condiciones, necesidades y deseos de distintas ciudades), sino cuestión de mantener un compromiso diario con la innovación como método para mejorar la vida de los ciudadanos como comunidad y como individuos. Coincido plenamente con las palabras enunciadas por la alcaldesa de Madrid Ana Botella en su discurso del día 7 de mayo de 2013:

“Ser una Smart City no es un objetivo en sí mismo. Es un medio para un fin (…) y el camino por el que una ciudad debe seguir avanzando para ser, cada día más sinónimo de oportunidades, cohesión y calidad de vida”

Podríamos entonces definir (siempre tentativa y provisoriamente…)a laCiudad inteligentecomo aquella que cuenta con los valores, instituciones y mecanismos que promueven la máxima co-construcción posible de la vida común y el manejo “eficiente” de los recursos, respetando la individualidad, promoviendo la participación y la transparencia a nivel gubernamental y la innovación a corto, mediano y largo plazo en todos los ámbitos posibles y cuyo fin último es la maximización del desarrollo humano, entendido como la mejora en la calidad de vida de todos sus habitantes, respetando sus diferencias y privacidad individuales.

Es importante resaltar que ser una ciudad inteligente no es una meta específica, un objetivo concreto a lograr simplemente superando ciertos indicadores establecidos por los índices internacionales, sino que se trata de un compromiso diario con la maximización de la calidad de vida de los habitantes a través de los valores, instituciones y mecanismos mencionados anteriormente. Una ciudad inteligente debería tener ciertamente un alto grado de uso de las tecnologías, pero no como uso y fin en sí mismo, sino como medio para desarrollar al territorio, pueblo o ciudad en la prestación de servicios públicos y el manejo eficiente de los recursos. Una ciudad inteligente se basa en el compromiso diario de ciudadanos y gobernantes en la mejora constante, y usa, o debería usar, la tecnología como un instrumento antes que como un objetivo en sí mismo. Por eso entiendo  que las ciudades inteligentes no son simplemente ciudades más tecnológicas, sino “ciudades más humanas”, porque su foco está puesto en el habitante de dicha ciudad, como individuo y como integrante de una comunidad, no simplemente en el uso de la tecnología.

A partir de esta definición “mínima”, pero a la vez más amplia, y resaltando la importancia del compromiso constante antes que el alcance de resultados de indicadores concretos es que podemos ampliar la mirada de lo que hasta hoy en día se entiende como ciudad inteligente o Smart City y hacerla más abarcativa. Ser “inteligente” no debería limitarse como adjetivo a las grandes ciudades europeas y norteamericanas, o siquiera a las capitales sudamericanas. Ser inteligente es un objetivo que todo territorio, pueblo o ciudad debería poder alcanzar. Tal punto no es considerado por los actuales rankings o índices internacionales de ciudades inteligentes, que desestiman desde un principio ciudades más pequeñas o municipios donde seguramente también existen buenas iniciativas y proyectos, que podrían ser estudiados, replicados y adaptados a las grandes ciudades. La bibliografía actual sobre la temática de las ciudades inteligentes ni siquiera tiene en cuenta la observación de territorios más pequeños o menos poblados, pues entiende como ciudad inteligente a aquella que cumple con determinados criterios “de máxima” establecidos por los rankings internacionales, dejando de lado territorios más pequeños que obviamente no pueden alcanzar tales estándares, pero no por eso deberían quedar afuera de la categoría de “inteligentes”. Toda ciudad que incentive desarrollo económico sostenible y una elevada calidad de vida, con una adecuada gestión de los recursos naturales a través de un gobierno participativo debe ser considerada candidata a ser una Ciudad Inteligente, dejando de lado el cumplimiento de requisitos ciertamente exagerados que limitan tal concepto solamente a ciertas ciudades europeas o norteamericanas.

Hay grandes desarrollos en tecnología que proveen nuevas capacidades que las ciudades pueden aprovechar; pero a menos que comprendamos apropiadamente los sistemas de la ciudad, la tecnología no será efectiva.

No diseñemos las ciudades a partir de las posibilidades y límites de la tecnología. 

Humanicemos o mejor dicho “urbanicemos” la tecnología

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA