Reflexiones sobre los conceptos de desertificación y degradación ambiental: qué es y qué no es desertificación

El 17 de junio se ha celebrado el Día Mundial contra la Desertificación, con un evento principal en Beijing con el State Forestry Administration of China como anfitrión.

La Convención de las Naciones Unidas para la Lucha contra la Desertificación define la desertificación como

“La degradación de las tierras en las zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas resultante de diversos factores tales como las variaciones climáticas y las actividades humanas”

 

Me gustaría aprovechar este evento para realizar una reflexión sobre qué es y qué no es desertificación, un concepto mucho más complejo de lo que a primera vsita parece, y que afecta especialmente al enfoque que en ocasiones se tiene de los ambientes mediterráneos y áridos, llegando a derivar en políticas y actuaciones de consecuencias nefastas para los ecosistemas locales y para la visión y connotaciones que la sociedad tiene de estas regiones.

Y es que a partir de la segunda mitad del siglo XX, botánicos y biólogos europeos llegaban a España con los ojos llenos de verde de  los frondosos bosques de nuestros vecinos del norte. Se comenzaron a estudiar estos ecosistemas en relación al cambio climático, y vieron el parecido de nuestro paisaje natural del sur y levante con el del norte de África, de clima árido y semidesértico, con predominio del matorral y la estepa. Dada la cercanía del similar paisaje magrebí al desierto del Sahara, consideraron que la presencia de estos ecosistemas áridos africanos y mediterráneos significaba el avance del desierto hacia la verde Europa y el África subsahariana. Se crearon en España centros de investigación como el Centro de Investigaciones sobre Desertificación perteneciente al CSIC, y diversos grupos de investigación en las universidades

Actualmente puede leer en la web del Ministerio de Agricultura Alimentación y Medio Ambiente, como “causa y efecto” de la desertificación, fenómenos tan dispares como:  ”clima semiárido en grandes zonas, sequías estacionales, extrema variabilidad de las lluvias y lluvias súbitas de gran intensidad”, “Pérdidas de la cubierta forestal a causa de repetidosincendios de bosques”, “Crisis en la agricultura tradicional, con el consiguiente abandono de tierras y deterioro del suelo y de las estructuras de conservación del agua” o  “Ocasional explotación insostenible de los recursos hídricos subterráneos, contaminación química y salinización de acuíferos.”

Esta concepción de desertificación, más allá de compleja, incluso peca de ambigua, al incluir componentes enormemente variados que sería mejor desglosar en otros efectos como degradación ambiental, degradación de suelos o erosión, y a mi parecer crea un grave error de conceptos. Se mezclan características climáticas con impactos antrópicos negativos. Y aunque ciertamente la compleja combinación de todos estos factores, naturales y antrópicos, puede derivar en degradación del suelo y lo que denominan desertificación, hay que pararse un momento para que nos quede claro que árido no es equivalente a desertificado, y que desierto tampoco es necesariamente equivalente a negativo o a ecosistema degradado.

El principal problema viene con la inclusión de la primera “causa” como las características climáticas propias del clima mediterráneo. La estacionalidad y la variabilidad pluviométrica, entre otros rasgos, son propios de esta ecorregión desde hace milenios, y a él van ligadas unas comunidades de vegetación en adaptación. Existe el clima mediterráneo desde el inicio del Cuaternario, tal vez de forma interrumpida por los periodos glaciares e interglaciares, y desde el final de la glaciación del Dryas reciente, hace unos 10.000 - 6.000 años, de forma ininterrumpida. El paisaje natural del ámbito mediterráneo, seco y semiárido, no puede albergar grandes bosques, pero sí una enorme biodiversidad de las especies vegetales y animales, componiendo espacios naturales de estepa y matorral, como la garriga o la maquia propias del levante español, que llegan a guardar mucha más biodiversidad que los bosques centroeuropeos. España es el país más biodiversodeEuropa. Y dentro de España, es Xàbia, en la costa alicantina, el municipio con mayor biodiversidad, según  la Fundación Cultural CIRNE. Especialmente es debido a la alta diversidad biológica que conserva el Parque Natural del Montgó, que a simple vista ojos inexpertos tacharían de “secarral”.

Imagen del Montgó, uno de los lugares con mayor biodiversidad de la península ibérica y buen representante

de la maquia mediterránea y el clima mediterráneo semiárido. Fuente: Commons.wikipedia.org

 

Y es que aún a día de hoy persiste el concepto de que el bosque densamente arbolado es el culmen óptimo de un ecosistema maduro y saludable. La sociedad otorga una connotación negativa a los conceptos de desierto y de aridez, a los paisajes de matorral bajo y falto de árboles, a los bosques poco densos y de árboles “escuálidos”, a pesar de la mencionada diversidad que contienen.

Esto se ha reflejado en unas políticas forestales nefastas, llevadas a cabo desde época franquista, con la sustitución y eliminación de ecosistemas mediterráneos de monte bajo por plantaciones monoespecíficas y con fines a su vez utilitaristas de pino y eucalipto. En el ámbito del litoral mediterráneo y levante es especialmente llamativo el uso de Pinus halepensis. Hoy día se hacen estas replantaciones con la excusa del rápido crecimiento de esta especie, su resistencia y la necesidad de retener el suelo tras un incendio, además de su adaptación al fuego. Sin embargo esta especie no es más resistente a la sequía que la maquia mediterránea que le precedía, por el contrario, son más vulnerables ante las actuales sequías y plagas relacionadas que están afectando a las poblaciones del levante, entre otras cosas, también, por la mala gestión de estas reforestaciones, realizadas con una densidad de plantación demasiado densa para estos entornos y sin un mantenimiento a largo plazo. Actualmente hay enormes superficies de pinos de replantación muertos por la incidencia conjunta de sequía, tomicus y procesionaria a lo largo del litoral levantino, mientras que los arbustos están aguantando.

Imagen satélite extraída de Google donde se aprecia una repoblación de Pinus halepensis en Alicante, donde

los individuos están demasiado densificados, poco desarrollados y con una gran cantidad de ejemplares muertos.

 

 

Otro área de pinar de repoblación en Alicante; se observa una alta mortalidad de ejemplares con bajo desarrollo.

Autor: Vicente Benito.

 

Ni siquiera la excusa de los incendios es suficiente por sí misma para realizar una reforestación, ya que el monte mediterráneo tiene una gran capacidad de recuperación a los incendios, y las actuaciones de reforestación al poco tiempo de haberse sufrido el incendio, solo con el fin de minimizar la pérdida de suelo, pueden llegar a ser contraproducentes y dañinas si no se ha hecho un estudio concluyente que indique que esta es la actuación mejor, según diversas asociaciones ecologistas. Cada vez se aboga más por la restauración pasiva y por la confianza en la naturaleza y su resiliencia frente estas perturbaciones.

Ya aceptando la “normalidad” del ecosistema mediterráneo árido, estepario y semidesértico, hay que comprender de nuevo el concepto de desertificación. Volviendo a la definición que hace las Naciones Unidas: “la degradación de las tierras en las zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas resultante de diversos factores tales como las variaciones climáticas y las actividades humanas”.

El concepto de desertificación por tanto, hace referencia al de degradación y pérdida del suelo fértil, y lo asocia automáticamente a las áreas de ecosistemas “secos y frágiles”. Esto redunda en la connotación negativa que subyace tras el concepto, por la mentalidad utilitarista hacia los ecosistemas y recursos naturales, ya que los climas secos suelen aportar menos recursos primarios. Hay que centrarse en el concepto de degradación del suelo, mejor que en el de desertificación, pues es algo que no ocurre solamente en las regiones áridas, que de forma natural tienen suelos delgados y poco fértiles, sino que está ocurriendo en todas partes. En todo el mundo se pierde suelo fértil, se contaminan los suelos y se degradan debido al uso agrario, a la ganadería y sobrepastoreo, a la deforestación, a la minería, a la contaminación de las reservas de agua dulce y a las dinámicas climáticas de mayor inestabilidad y eventos más extremos que lleva el cambio climático. Este efecto es muy palpable en selvas lluviosas, donde tras la quema o tala y tras un periodo corto de plantación, los suelos antes fértiles y ricos en materia orgánica se agotan, los nutrientes se lixivian rápidamente, y dejan de ser suelos productivos, a pesar de y -por el hecho de- estar en ambientes húmedos. 

 

Procesos de degradación y pérdida de suelo en la Amazonía. Fuente: wwf.panda.org

 

Cierto que dadas las características propias de los ecosistemas mediterráneos y áridos, la pérdida de suelo fértil y de agua dulce por el uso humano y los incendios tiene un impacto mayor en estos espacios y en las sociedades que los habitan, respecto a otras ecorregiones que parten de una mayor disponibilidad de agua dulce y de suelos más profundos. Son por tanto territorios más vulnerables ante las perturbaciones del suelo y el agua. Es a este proceso de degradación del suelo y el agua por causas humanas al que se le puede denominar desertificación, aunque desde mi punto de vista es mejor catalogarlo de degradación para evitar malentendidos y connotaciones negativas, y a la misma vez, ajustar las políticas de la ONU contra la degradación a cada caso y a cada región.

En la reunión de Beijing no deberían, pues, olvidar que los suelos en regiones más húmedas también están en claro peligro de degradación, y no dejarse confundir por el concepto ambiguo a la vez que complejo de desertificación. Tampoco hay que olvidar que existen ecosistemas áridos y semidesérticos más o menos bien conservados y adaptados a las dinámicas climáticas, poseedores de una resiliencia y biodiversidad que no deben ser infravaloradas como se ha hecho hasta ahora, ni mucho menos destruirse con políticas pro-árbol.

El eslogan del día Mundial contra la Desertificación de este año es, por otra parte, revelador: "Proteger el Planeta. Recuperar la tierra. Participación de la gente". Me quedo especialmente con el último punto, ya que es clave para el éxito de los dos que le preceden. Va calando a nivel global la idea de la necesaria cooperación entre todos los actores del territorio; es lo que las Naciones Unidas han llamado cooperación inclusiva, dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Sobre algunas de estas estrategias de actuación profundizaré en otro momento.

 

Bibliografía

http://www.un.org/es/events/desertificationday/

http://www.unesco.org/mab/doc/ekocd/spanish/chapter1.html

http://www.magrama.gob.es/es/desarrollo-rural/temas/politica-forestal/desertificacion-restauracion-forestal/lucha-contra-la-desertificacion/lch_espana.aspx

http://www.ecologistasenaccion.org/article.php3?id_article=5227

http://www.madrimasd.org/blogs/universo/2006/02/27/14455

http://wwf.panda.org/es/nuestro_trabajo/iniciativas_globales/amazonia/problemas_en_la_amazonia/

https://animalderuta.com/2011/07/10/los-secretos-del-sahara-el-neolitico-subpluvial/

http://www.lasprovincias.es/v/20110916/marina/xabia-segundo-municipio-mayor-20110916.html

http://www.ecologiablog.com/post/2027/mas-biodiversidad-en-los-jardines-caseros-que-en-los-campos-ingleses