Relaciones entre el Estado y las empresas en la RSE

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

 

¡Los papeles se invirtieron!

 

Los límites entre el Estado y las empresas son cada vez más difusos. La misma globalización se ha encargado de eso, pues el Estado tradicional, fundado en una soberanía casi absoluta, ya empieza a desaparecer según lo demuestra el avance del derecho internacional, mientras las empresas, antes propias de cada país, se han vuelto multinacionales o compiten con éstas en el mercado interno por el libre comercio que se impone a diestra y siniestra. El mundo  ha cambiado por completo, sin duda.

De ahí que sea pertinente la pregunta acerca de qué tan claros son hoy los roles del Estado y las empresas. En realidad, son menos claros que hace pocos años, cuando para todos era evidente cuál era el papel del sector público y cuál el del sector privado en la sociedad, pero tienden a serlo menos todavía en el futuro. ¡Es como si los papeles de ambos actores se hubieran trastocado o invertido!

En efecto, el Estado, cuyo tamaño se ha reducido por las llamadas políticas neoliberales, deja cada vez más espacio al sector privado en campos que otrora consideraba sólo suyos (servicios públicos, por ejemplo), para ceder el paso a los particulares en programas de privatización, al tiempo que empieza a actuar como una empresa, con criterios de eficiencia y hasta rentabilidad, proclamándose aquí y allá la urgencia del Estado Empresarial o Estado-Empresario.

Las empresas privadas, por su lado, asumen de manera creciente las funciones del Estado, no sólo por las citadas privatizaciones (en salud, educación, seguridad…), sino por el auge de la Responsabilidad Social Empresarial que impone al sector privado la necesidad de contribuir a resolver problemas sociales -violencia, pobreza, exclusión, etc.-, solución que antes era considerada una responsabilidad exclusiva del Estado o el gobierno de turno.

Pero, ¿cuáles son los límites de la RSE frente al Estado? Intentemos responder a continuación, aunque sea a vuelo de pájaro.

Los límites de la RSE

 

Para empezar, el Estado no puede desaparecer como pretende la utopía marxista. Es un mal inevitable, diríamos.

Ni mucho menos debe evadir su responsabilidad social (en programas educativos, de vivienda y salud…) para entregarla al sector privado, a las empresas, invocando precisamente la RSE.

No hay que caer en esa trampa que algunos gobiernos, agobiados por el endeudamiento y la pésima administración de cuantiosos recursos que se pierden en ocasiones por prácticas corruptas, comienzan a utilizar por doquier. Al fin y al cabo la redistribución de la riqueza, con base especialmente en el pago de impuestos, es una tarea ineludible, fundamental.

Ni es válida una posición similar del sector privado, según la cual -como dijo un poderoso banquero latinoamericano- la responsabilidad social sólo recae en el Estado o el gobierno.

¡No! Los programas sociales deben ser compartidos, incluso por la sociedad en su conjunto a partir de la responsabilidad social individual, y en consecuencia se requiere una política social del sector privado, como la que traza y desarrolla cada gobierno en el plan nacional de desarrollo.

¿Cómo  entonces –se preguntará, con razón- establecer los límites de las empresas, en el marco de la RSE, para no ocupar el lugar del Estado, sitio que no le corresponde? De hecho, hacer esto no es fácil por los motivos expuestos arriba, aunque creo que la RSE, como una verdadera estrategia corporativa, puede ayudar bastante en tal sentido. Veamos.

No olvidemos que el Estado es uno de los grupos de interés –stakeholders- de la empresa, como ésta es uno de sus grupos para el Estado.

Así las cosas, la RSE exige por principio evaluar y mejorar las relaciones de la empresa con el Estado en la triple dimensión económica, social y ambiental, las cuales son obviamente distintas en cada organización según la naturaleza de sus actividades productivas o comerciales.

Y claro, es preciso establecer también las relaciones con otros grupos de interés donde el Estado y las empresas confluyen, sobre todo en proyectos sociales para la comunidad o sectores de menores ingresos, verbigracia la atención de niños con problemas de desnutrición, ancianos abandonados o pobres en general.

Ahí la práctica es la que nos enseña en gran medida qué se debe hacer, con lo cual pasamos al punto final sobre casos ejemplares o experiencias.

Experiencias que nos enseñan

 

A mi modo de ver, las experiencias más comunes se dan a nivel educativo, acaso por los beneficios que la educación genera a las empresas por la capacitación de su personal.

En Colombia, para no ir muy lejos, existen varios casos que van desde la colaboración empresarial a Secretarías de Educación para mejorar su gestión, hasta los aportes privados a fondos públicos para ampliar la cobertura en educación superior a la población más pobre del país.

Los ejemplos, sin embargo, se podrían multiplicar. Usted, apreciado lector, tendrá algunos en mente, con seguridad.

 

(*) Director de la Revista “Desarrollo Indoamericano”, Universidad Simón Bolívar (Barranquilla, Colombia) – jesierram@gmail.com