¿Se está volviendo loco el clima? Parte III

Conversaciones entre amigos sobre el cambio climático, sus efectos y lo que podemos hacer para enfrentarlo 
Por César J. Galarza, PhD Consultor en Sostenibilidad y Cambio Climático
“Todo parece imposible hasta que se hace”
 (Nelson MANDELA)

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9. ¿El mundo está haciendo algo para frenar el cambio climático?

La comunidad internacional, es decir los países reunidos en las Naciones Unidas, más o menos desde principios de los noventa vienen prestando seria atención al cambio climático, y habiendo asumido que su aceleramiento es ocasionado por el hombre, han impulsado la implementación de distintos tipos de medidas para reducir el aumento de los GEI.Y al hacerlo -dado que también han llegado a la  conclusión de que no todos los países son responsable en igual medida del problema- se han puesto de acuerdo en intentar que su implementación vaya acompañada del logro de una mejora económica y social en los países menos favorecidos y mayormente expuestos a resultar perjudicados por el fenómeno climático. Esas acciones pueden ser divididas en dos grandes grupos: las de mitigación y las de adaptación.

Dentro de la mitigación están comprendidas aquellas medidas orientadas a frenar el avance del cambio climático, lo cual se traduce básicamente en disminuir la emisión de gases de efecto invernadero o incentivar su eliminación. Puesto que los GEI, sobre todo el CO₂ y el metano, son producidos por la quema de combustible fósil, las acciones en este sentido se han encauzado básicamente a reducir el consumo de energía que proviene de esa fuente lo cual implica entre otras cuestiones, el aumento de la eficiencia energética, el desarrollo de energías de fuentes renovables, o el cambio de un sistema de transporte convencional, y con muchas emisiones de CO₂, a otro bajo en carbono.

La adaptación, por su parte, consiste en preparar al planeta y sus habitantes (sobre todo a el hombre) para afrontar las nuevas condiciones climáticas adversas que ya se están presentando o previsiblemente lo harán en los próximos años a fin de evitar así la mayor cantidad de perjuicios posibles.

Estas prevenciones pasan por el desarrollo de medidas de protección frente al aumento del nivel del mar; el fortalecimiento de los sistemas de salud como respuestas a las posibles nuevas epidemias o enfermedades; la conservación y recuperación de los ecosistemas naturales que actúan como barreras frente a las tormentas, regulan el clima, equilibran la diversidad biológica, controlan las plagas, etc.; el desarrollo o modificación de infraestructuras, construcciones y domicilios para adaptarlos a los fenómenos meteorológicos extremos (Por ej.: limpieza y ensanche de alcantarillas, eliminación de carteles y cables colgantes, poda de ramas y árboles viejos, etc.); la adaptación de la agricultura a condiciones climáticas difíciles (Por ej. utilizando cultivos resistentes al calor o inundaciones); la ordenación de los recursos hídricos  y la preservación de las cuencas de manera que se asegure el acceso al agua; la inclusión de los riesgos climáticos en los planes de ordenación territorial; la implementación de sistemas de alerta temprana y protocolos de actuación ciudadana ante fenómenos meteorológicos extremos; la ampliación (obligatoria) de la cobertura de los seguros para cubrir los nuevos fenómenos, etc.

Todas estas medidas se irán haciendo cada vez más necesarias siendo, a fin de cuentas, menos oneroso para gobiernos, municipalidades, empresas e individuos implementarlos con la debida anticipación que afrontar los costos económicos que podría implicar la reparación de los daños una vez producidos.

10. ¿La lucha contra el cambio climático es solo responsabilidad de los gobiernos o también de las empresas?

Como todos en el mundo, sin excepción, podemos en mayor o menor medida ser afectados por el cambio climático, todos debemos ayudar a combatirlo y a paliar sus consecuencias. Quedan comprendidas entonces las empresas –que por otra parte son las grandes emisoras de GEI-, sobre todo teniendo en cuenta que al hacerlo podrían incluso obtener beneficios económicos a través del ahorro de costos, la mejora en la producción, el acceso a nuevos mercados, la obtención de beneficios tributarios o ayudas estímulos estatales (si los hubiera). Y si esto fuera poco, con una buena gestión, pueden encausar estas medidas a la mejora de las condiciones sociales y económicas de la región en que se encuentran (responsabilidad social empresaria) y con ello incluso fidelizar o atraer nuevos clientes.

Como vimos, los proyectos de disminución de GEI por lo general apuntan a concretar medidas orientadas al logro de una menor quema de combustibles fósiles utilizados para la producción de energía. Para las empresas ello significa poner en marcha mecanismos que lleven a optimizar su uso (usar menos y de un modo mejor la energía). Por ejemplo: perfeccionar los procesos de producción para hacer rendir mejor la materia prima; utilizar mejor la luz natural y el uso del agua, aprovechar el agua de lluvia; implementar fuentes de energía renovable; optimar el aislamiento de edificios y la climatización; aumentar el uso del transporte bajo en carbono (que emite menos CO₂); permitir jornadas de trabajo desde la casas para evitar el transporte; admitir vestimenta informal en verano para reducir el uso de refrigeración; utilizar computadoras e impresoras de bajo consumo, minimizar los desplazamientos por reuniones, y efectuar conferencias on line, disminuir la impresión y reutilizar el papel, etc.

En lo que respecta, al impulso de la absorción y almacenamiento de carbono (lo que se llama sumideros de carbono), si bien existen algunos procedimientos tecnológicos el principal y más económico medio de hacerlo es la inversión en proyectos de plantación de árboles (aumento de stocks de carbono a través de la forestación) ya que los bosques en crecimiento son grandes agentes de absorción de CO₂ (uno de los servicios ambientales que nos prestan los árboles). En el ámbito de la reducción de GEI, en los últimos años se habla mucho también de la inversión en proyectos orientados ya sea a evitar que la selva sea cortada por sus propietarios en lugares que, sin esa ayuda económica, éstos se verían obligados a hacerlo para dar lugar a la producción o expansión urbanística (deforestación evitada), o a paliar el mal  uso de la tierra que también produce CO₂ (degradación del suelo). Esto a muy grandes rasgos es lo que se intenta con los proyectos REDD+.

Ahora, si una empresa no puede dejar de emitir CO₂ porque es parte inherente a su actividad o bien, habiendo implementado medidas de reducción, ha llegado al mínimo de GEI que necesita generar para seguir funcionando, puede contabilizar cuánto CO₂ produce normalmente con su actividad (o sea su calcular su huella de carbono) y reducir su emisión en otra actividad independiente de la de su empresa y así compensar el que está produciendo en ella y no puede dejar de hacer.

Veamos un ejemplo  básico: si la empresa X para poder seguir produciendo necesita indefectiblemente generar 100 toneladas de CO₂ puede intentar reducir toda o parte de esa cantidad invirtiendo en un proyecto paralelo que la reduzca. Si lo hace y logra disminuir 20 toneladas con ese otro proyecto habrá compensando el 20% de las que ella genera con su propia actividad. Si alcanza a reducir el 100%, es decir reducir igual cantidad de lo que genera, se convertirá en una empresa “carbono neutral” lo cual implica que ha logrado evitar totalmente la generación CO₂ con su actividad (Por ej.: no quema nada de combustible fósil) o bien compensa con proyectos paralelos la misma cantidad de carbono que emite.

Asimismo tenemos que al implementar medidas de mitigación y adaptación, una empresa pueda  hacerlo en beneficio de sí misma pero también de la comunidad en la que se encuentra inserta. Esto forma parte de la política de responsabilidad social de la empresa (RSE), que no es más que el reconocimiento de que su existencia es posible gracias a los clientes y la sociedad en la que se encuentra inmersa, e implica la decisión estratégica empresarial de devolver con acciones parte de esos beneficios a la comunidad, o bien recompensarla por las eventuales molestias o incluso perjuicios que pudiera estar sufriendo a causa de su actividad comercial -ruido, exceso de tráfico, contaminación, etc.- (Por ej.: inaugurando un comedor barrial, organizando días de voluntariado para limpiar una plaza con sus empleados, etc.).

En el ámbito del cambio climático estas acciones pueden implicar también, además de la mitigación y adaptación y como parte de ellas, aquellas orientadas a la conservación y recuperación de los servicios ambientales provistos por el entorno natural como ser la protección de ríos y arroyos, el control de la erosión, la regulación del clima, la absorción del carbono, y el entorno para flora y fauna y su variedad (biodiversidad), entre otras cuestiones.

11. ¿Los bonos de carbono tienen algo que ver con el cambio climático?

Desde luego, los bonos de carbono son parte de los esfuerzos que está realizando la comunidad internacional para frenar el cambio climático. A fines de los años 90 un grupo de países decidió que no se podía esperar más tiempo para hacer cosas concretas para luchar contra el cambio climático y se comprometieron a hacer algo al respecto. Se firmó entonces un pacto en la ciudad de Kyoto en Japón (Protocolo de Kyoto) mediante el cual se acordó que, si bien todos los países del mundo tienen responsabilidad en el cambio climático, los más desarrollados ostentan gran parte de ella por haber sido los causantes de la mayor parte del dióxido de carbono lanzado a la atmósfera. Debido a ello éstos se obligaron a  reducir o limitar en montos precisos la cantidad de GEI que venían emitiendo.

Para organizar un poco la cosa se decidió que esos compromisos se podrían cumplir tomando algunos (o todos) de los tres caminos que el mismo acuerdo establecía para ello, conocidos como “instrumentos económicos del Protocolo de Kyoto para la lucha contra el cambio climático” al entenderse que si no se daba un incentivo financiero válido a los países y empresas para que implementen las medidas de reducción sería muy difícil que en la práctica estas se concreten, quedando el acuerdo en letra muerta. Los estados menos desarrollados (como los de Latinoamérica) solo comprometieron su colaboración. Los bonos de carbono son la idea transversal que gira en torno a los mecanismos fijados.

A los países que se comprometieron a reducir o limitar su emisiones de GEI (los desarrollados) se les fijo entonces un límite concreto para hacerlo (dependía de cada país) y, a fin de poder contabilizar dichos límites, se crearon unidades de emisión de GEI. Cada una de ellas corresponde a una tonelada de CO₂ y el país debe implementar las medidas (y proyectos) necesarias para no pasarse del límite asignado. Si un Estado logra ahorrar emisiones y le sobra unidades de emisión podría negociar o vender ese excedente a otros países que las necesitaran, por ejemplo, por haberse pasado el límite que le asignaron.  Eso es el comercio de emisiones, el primero de los instrumentos implementados en Kyoto.

A su vez, si un país comprometido a reducir o limitar sus emisiones de GEI ve imposible, o no conveniente, implementar las medidas de reducción de emisiones en su territorio (básicamente para no alterar su producción), puede realizar dicha disminución en otro país, a condición de que éste otro Estado se quede con la tecnología, las inversiones y los empleos que pudieran significar la implementación de dicho proyecto de reducción o absorción de carbono en su espacio físico. Y esto es en lo que consisten los otros dos mecanismos establecidos en Kyoto, ya que si la inversión se realiza en un país que no había asumido compromisos de reducción o limitación (un país en desarrollo, como los latinoamericanos) los mismos reciben el nombre de “Mecanismos de Desarrollo Limpio (o MDL)”, y si se llevan adelante en otro país que ha asumido compromisos de reducción (país desarrollado) se trata de “Proyecto de aplicación conjunta”.  Es decir el segundo y tercer mecanismo respectivamente establecidos en el acuerdo de Kyoto.

Las unidades de reducción de emisiones de GEI que se obtuvieran mediante estos proyecto recibieron distintos nombres pero en forma genérica, por sus características negociables se los comenzó a llamar “bonos o créditos de carbono” que van a parar a manos del país inversor que cumple con ello sus propios compromisos de reducir GEI. No está de más aclarar que en principio se apuntó a proyectos de reducción de emisiones a través de eficiencia energética y energías renovables (geotérmica, hidráulica, eólica, marina, solar, etc.), aunque tímidamente también se van aceptando aquellos que se basan en evitar la emisión de carbono que se produce con la tala de bosques llamado carbono forestal (REDD+).

Ahora, el comercio de emisiones debía funcionar más o menos como una bolsa de valores, pero el único que realmente se puso en funcionamiento con reglas y normas claras, es decir como un mercado regulado, fue el mercado europeo (aunque actualmente hay experiencias que se inician otros países) que funciona para los Estados y empresas que se encuentran dentro de la Unión Europea, aun cuando admiten una pequeña cantidad de certificados provenientes de otros países.

Como sabemos, en forma paralela a las grandes negociaciones internacionales el mundo de los negocios se va abriendo camino a tenor de los intereses económicos, por ello se fueron desarrollando compra-ventas de carbono en forma privada. Si éstas son llevadas adelante en el marco de organizaciones que se crean para ello se trata de un “mercado voluntario de carbono” y, cuando sólo son acordadas entre comprador y vendedor, de “operaciones bilaterales” de compra-venta de carbono.

Como en tales casos, al no ser operaciones reguladas, no hay un país o las Naciones Unidas que certifique la validez de esos créditos de carbono (es decir, que un bono implica realmente la reducción de 1 tonelada de CO₂) se ocupan de ellos las grandes o pequeñas entidades certificadoras quienes, a través de distintos procesos-por supuesto pagos- certifican o convalidan tal circunstancia.

12. ¿Y puedo yo hacer algo en mi casa, trabajo, escuela o universidad para ayudar a pelear contra el cambio climático?

Cada habitante del planeta sin importar su condición social, edad o sexo, ya sea en su casa, escuela, universidad, oficina o lugar de trabajo; en el bar, al salir de vacaciones o al ir a un concierto, es decir todos y en todos los sitios, pueden y deben, aportar su grano de arena para ayudar a la lucha contra el cambio climático dado que tiene su cuota de responsabilidad en el problema (ya que come, se traslada, enciende la luz, etc.). Con hacerlo no solo estará dando una mano al planeta sino también a su bolsillo -y en muchos casos, a su salud y la de su familia- al significar un ahorro en los gastos cotidianos.

En esta línea, al igual que los países y empresas, lo individuos pueden emprender acciones de mitigación o adaptación.

En el ámbito de la mitigación las personas tienen a su vez dos tipos de acciones:

  1. Aquellas orientadas a reducir sus propias emisiones.
  2. Aquellas dirigidas a estimular o presionar a gobiernos, empresas u otros individuos para que reduzcan las que emiten con su respectiva  actividad.

En el primer sentido se podría evitar derrochar energía y consumirla mejor (eficiencia energética), ya que ésta proviene en su mayoría de fuentes no-renovables. Como ejemplo de esto, podemos cambiar las bombillas de luz o focos incandescentes por otros de bajo consumo, utilizar el aire acondicionado a 24º centígrados por ser una temperatura adecuada para verano e invierno y no consume tanta energía, aislar bien ventanas y puertas para evitar que se escape el frio o el calor, iluminar sólo los ambientes en los que nos encontramos, apagar las luces que no se ocupan, apagar totalmente los electrodomésticos y no dejarlos con la lucecita roja (stand by), reemplazar los equipos eléctricos de casa antiguos y que  consumen en exceso por otros de bajo consumo,  optimizar la entrada de luz natural en las casas, reutilizar el papel, preferir los paños de limpieza de tela a los de papel, o en vez de utilizar muchos vasos de plástico para beber en un evento conservar uno y repetir su uso a lo largo del mismo, etc.

Además de ello deberíamos evitar la quema excesiva de combustible fósil para transportarnos, utilizando más el transporte público (que reparte entre más usuarios la emisión), evitando usar el coche para una sola persona, utilizando más la bicicleta o caminando, comprando en mercados cerca de casa, etc.

En el segundo aspecto, podemos incentivar, e incluso presionar, para que otros reduzcan sus emisiones de GEI. Ejemplo de ello es comprar en forma responsable, optando por aquellos productos de empresas que poseen una clara (y comprobable) política de reducción de CO₂ o compensación de carbono, y si no podemos identificarlas, seleccionar nosotros mismos nuestros criterios de cuidado del planeta como ser: elegir productos que opten por envases de  vidrio o cartón reciclado y no de plástico (que proviene de derivados del petróleo), y marcas que se sirvan de materia prima cercana a sus centros de producción (eso reduce el trasporte); preferir productos que no utilicen excesivos empaques o materiales contaminantes; consumir productos frescos antes que otros que conllevan una gran refrigeración (y por lo tanto gran gasto de energía). Incluso podremos aplicar alguno de estos criterios al organizar nuestros eventos familiares o al salir a cenar o tomar algo fuera, o también al elegir los distintos profesionales cuyos servicios contratamos (médicos, odontólogos plomeros, electricistas, etc.) eligiendo a aquellos que tienen en su actividad criterios de baja emisión de CO₂.

Además de ello podemos organizarnos y exigir a los gobiernos de los distintos niveles que implementen acciones de mitigación, entre ellas ayudas, subsidios, y exenciones tributarias a las empresas que las efectúan y sanciones a las que no cumplen los requisitos mínimos, o sistemas de compras públicas verdes (es decir que solo puedan contratar con el estado aquellas empresas que posean un comportamiento acreditado de protección del medio ambiente).

Ahora, de igual modo que las empresas, cuando por alguna circunstancia a los individuos no les es posible reducir las emisiones de GEI (un ejemplo sencillo: es prácticamente ilusorio pedirle a un argentino que deje de comer asado, siendo que la ganadería es una actividad altamente generadora de otro GEI, el metano) es posible para estos compensar las emisiones de GEI que producen con su actividad diaria (traslado, trabajo, fiestas, cocina, deporte, estudio, etc.) calculando cuanto carbono están produciendo con esa actividad (huella de carbono) y plantando cuantos arboles sean necesarios para absorber la misma cantidad o bien  invirtiendo en proyectos que lo hacen. Por supuesto esto entra dentro de la esfera de conciencia y educación cívica de cada ciudadano, sin perjuicio de exitosas medidas de estímulo en tal sentido que se vienen implementando en el mundo entero.

En lo que respecta a la adaptación, las personas pueden también llevar adelante medidas de adaptación como ser, entre otras muchas cosas, preparar su casas para vientos y lluvias fuertes y olas de calor, tener identificadas las medidas de acción en caso de fenómenos extremos, vacunarse y prevenirse contra epidemias, contratar seguros más amplios, evitar arrojar basura en la calle, puesto que no solo se gastará energía en su eliminación sino que ello contribuirá al taponamiento de las alcantarillas dificultando afrontar los mayores caudales de lluvia que son de esperarse.

Ilustración 3: Repandrando techos luego de la tormenta.

Fuente: Diario Primera Edición: 08/02/2014

13. En tiempos de crisis económica no es tan fácil ¿Cómo hacemos entonces para ayudar?

La pregunta es muy válida y no constituye un tema menor puesto que en los últimos años la crisis económica mundial hizo relegar a un plano inferior a muchos países y empresas sus objetivos de lucha contra el cambio climático puesto que se vieron obligados a dar prioridad al sostenimiento de la producción y mantenimiento de fuentes de trabajo. Por supuesto ello se trasladó también a los individuos que, en tipos difíciles, se vuelcan de un modo muy lógico a la satisfacción primera de las necesidades básicas de su familia y trabajo al menor coste posible, dejando en últimos lugar las elecciones de consumo en pro del cuidado del planeta.

Sin embargo, aun en los tiempos de estrechez económica es mucho lo que podemos hacer para no abandonar la batalla, la clave está en optar por aquellas acciones y medidas que a su vez nos ayuden a ahorrar o al menos no signifiquen una carga extra a nuestro presupuesto acotado.

Para dar algunos ejemplos, se puede ayudar mucho a combatir el cambio climático reduciendo emisiones de GEI al utilizar la electricidad de un modo más eficiente (y eso sin lugar a dudas nos producirá un ahorro económico); al aumentar el uso de transporte bajo en carbono (el que emite menos CO₂) como ser el transporte público, la bicicleta y el impulsado por energía renovable (y ello implicara también una reserva importante en gastos de combustible); o al comprar nuestros alimentos entre las opciones más económicas, como ser optando entre aquellos que utilicen menos envases y envoltorios, se vendan a granel o en cantidad, u ofrezcan la opción de comprar sólo los repuestos.

Está claro que cada uno debe acomodar estas acciones a sus propias necesidades. Quizás las mejores maestras y guías son aquí las abuelas, las madres y las tías, quienes saben mucho del ahorro en casa con recetas caseras y cotidianas. Es evidente que la implementación de cualquier medida de mitigación o adaptación al cambio climático implica mayor o menor esfuerzo, y en cada uno está la responsabilidad de asumirlo o no.

14. Para terminar...

Para concluir esta charla informal, me gustaría decir que al encender la luz, al poner el aire acondicionado, al subirnos  al coche, y al hacer tantas y tantas cosas diarias que nos resultan normales y lógicas, todos y cada uno de nosotros hacemos algo que contribuye a agravar el cambio climático y por lo tanto es necesario que todos asumamos nuestra pequeña gota de responsabilidad en ello y hagamos algo para contribuir a frenarlo o sus efectos.

Las dudas que aun pudieran existir (si las hubiera) sobre el origen del cambio climático o sobre si realmente es el CO₂ el que lo causa no son excusas para no hacer algo ahora mismo, ya que no hace falta movernos de casa (basta con ver la televisión, leer una revista, ver imágenes en Internet), o incluso alcanza sólo con salir a la calle o ir al mercado y hablar con los vendedores de productos de huerta para percibir que algo está pasando.

Lo cierto es que hay un problema y requiere de urgentes soluciones, no solo de gobiernos y empresas sino también de cada uno de nosotros, pues si todos somos parte del problema debemos formar parte también de la solución.

No es razonable esperar todas las remedios (pero si muchos) de parte de los estamentos gubernamentales ya que éstos tienen la difícil tarea de conciliar la lucha contra el cambio climático con otras necesidades económico-sociales de la población (producción, generación de empleo, etc.) y ello implica a menudo carecer, al menos a primera vista, de una total “libertad” de optar por la promoción de actividades no generadoras de GEI.

Sin embargo, creo firmemente que el problema es una gran oportunidad disfrazada y puede ser una excelente e irrepetible ocasión de implementar pequeños y grandes cambios en nuestra existencia cotidiana que hagan a su vez nuestra vida más sana, más limpia, más agradable, más justa y equitativa, a fin de cuentas, un poco más humana, y evitar, o al menos estar preparados, para situaciones como la de aquel vecino que corría por en torno a su  coche aplastado lamentándose a gritos y preguntándose qué hacer.

Quisiera finalizar con palabras de la entonces niña de 12 años Seven Suzuki que en el año 1992 se dirigió a los representantes del mundo reunidos en Río de Janeiro en la Cumbre del a Tierra (ver en ESTE ENLACE) que en palabras similares decía:

“Estoy aquí porque de muy chiquitita solía pescar en el arroyo y ahora tengo miedo de tomar sol por el agujero de ozono, de beber agua del río porque está contaminada y de respirar a veces por la polución… Crecí soñando con selvas, jirafas y elefantes pero me pregunto ahora si mis hijos y sus hijos tendrán la oportunidad de verlos…Sé que hay cosas que ya no se pueden volver atrás ni reparar, pero por favor evitemos más daños, paremos de perjudicar al planeta. Ustedes mismos, padres, madres, tíos, hermanos, desde el jardín de infante nos enseñan a los niños a portarnos bien y no dañar o pelear con los otros, y cuando sucede algo malo siempre nos reconfortan diciendo “no pasó nada hijo…todo va a ir bien”. Ahora ya no pueden decirnos lo mismo…Mi papa me dice siempre «Eres lo que haces y no lo que dices». Yo les pido entonces un  favor ahora: «Que vuestras acciones reflejen vuestras palabras».

Contacto: cesargalarza@ecoisg.com

Bibliografía