Universidad + Empresa + Estado x Innovación

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Más ricos y más pobres

 

Las grandes economías avanzan a pasos agigantados, mientras las pequeñas lo hacen a paso de tortuga y ven cada vez más lejano alcanzar el desarrollo de las primeras. “Los ricos son más ricos y los pobres más pobres”, se repite por doquier al tiempo que los especialistas en la materia, como Thomas Piketty, advierten sobre los altos niveles de desigualdad que parecen acompañar al capitalismo en perjuicio de millones de seres humanos.

Tan dramáticas circunstancias, que saltan a la vista, se originan sin duda en que las innovaciones, con el correspondiente desarrollo de las tecnologías, son el fruto de la investigación científica, la misma que suele exigir cuantiosas inversiones, las cuales por lo general sólo pueden asumirse en los países ricos, con recursos tanto del gobierno como del sector privado que está representado por poderosas firmas multinacionales, cuyas marcas son bien conocidas.

Pensemos no más en el sector de las telecomunicaciones o en la industria farmacéutica, que son ejemplares.

En los países pobres, para colmo de males, se toma el camino fácil de la llamada transferencia de tecnología (no el de la innovación, por las razones que acabamos de señalar) y, si bien ello se aplaude por las mejoras en la producción con equipos que reemplazan a otros considerados obsoletos, es igualmente signo de la dependencia y, en definitiva, de la falta de creatividad e iniciativa propia, piezas esenciales del desarrollo.

En realidad, nuestras empresas, con honrosas excepciones, no invierten en investigación, ni por ende alcanzan nuevas formas de producción por falta de innovación, dedicándose simplemente a importar las últimas tecnologías del mercado internacional, como si esa fuera la solución al atraso y la pobreza.

Llamado a las universidades

 

Y nuestras universidades, ¿qué? ¿Cuál es el papel que juegan al respecto? ¿Generan el conocimiento científico necesario para crear las nuevas tecnologías que urgen las empresas en su afán de ser más eficientes en los muy competidos mercados externos y en el propio mercado interno, donde la globalización abrió las puertas de par en par a las grandes compañías multinacionales?

Sin meternos en honduras, baste decir que persisten todavía fallas notorias en los procesos educativos (desde la simple memorización, en actitud pasiva, repitiendo “como loros” al decir del maestro José Consuegra Higgins), que frenan por principio la innovación e impiden así trascender las fronteras del conocimiento a que antes nos referimos.

Faltan, además, los cuantiosos recursos citados, no sólo públicos sino privados y de las mismas universidades, las cuales no dejan de estar aisladas, al margen de los problemas sociales que deberían contribuir a resolver de manera significativa, mientras sostienen una especie de divorcio con las empresas, vistas con malos ojos por estar dedicadas a los negocios, a diferencia suya.

Se requiere, en síntesis, establecer una férrea alianza entre las universidades y las empresas, con apoyo del Estado, en el marco del nuevo modelo de innovación donde cada sector –según decimos en nuestro Curso Básico de Responsabilidad Social Empresarial- cumpla su papel: la universidad, con la producción del conocimiento científico; las empresas, con el desarrollo de las tecnologías, y el Estado, con la regulación y el fomento de esa relación.

¡He ahí otra de las claves del desarrollo!

 

(*) Director de la Revista “Desarrollo Indoamericano”, Universidad Simón Bolívar (Barranquilla, Colombia) – jesierram@gmail.com